El uso de las llaves del Reino y la pureza de la Iglesia.

Pan partido y una copa de vino sobre una mesa rústica de madera bajo una luz cálida y solemne.

Last Updated on mayo 23, 2026 by Anthony Molina

Imaginemos la siguiente escena hipotética: Existe un médico ha descubierto un medicamento muy efectivo, diseñado para fortalecer la vida de quienes están en proceso de recuperación, sin embargo, este mismo fármaco, si se administra a una persona que no cree padecer la enfermedad o que se niega a seguir las indicaciones del tratamiento, este se transforma en un veneno letal. ¿Qué pensaríamos nosotros de aquel médico si este decidiera repartir dicha indiscriminadamente a cualquier persona que entre a su consultorio, y sin examinarla, ni hacerle preguntas o revisar su historial médico? Seguramente lo tildaríamos de negligente e irresponsable, ya que en lugar de preservar la vida, estaría facilitando la muerte.

Esta ilustración nos muestra la gran responsabilidad que tenemos como cuerpo de vigilar a quién se le administra la Cena del Señor, ya que no se trata de un simple acto de exclusión, sino que se trata de ejercer el deber sagrado de comprender: la santidad de la Cena del Señor, el uso correcto de las llaves del Reino y la vigilancia como congregación.

La santidad de la Mesa y el peligro de la profanación.

Es muy importante comprender que la Cena del Señor no es un rito vacío o una simple formalidad que se cumple de manera externa, por lo tanto, si se le permite que participen de los elementos santos a alguien que vive en un rebelión abierta contra Dios, sería una burla directa al sacrificio de nuestro Señor Jesucristo, y respecto a esto, las Escrituras son claras en que, en la cena no pueden participar quienes practican el pecado o sostienen doctrinas heréticas, ya que cuando esto se hace, la santa ira de Dios se enciende contra la iglesia que lo permite.

El apóstol Pablo enseña, por ejemplo, que quién come la cena en estas condiciones de pecado recurrente e impenitente está haciéndolo indignamente y trae para si juicio de Dios. Nosotros, cómo bautistas reformados, sostenemos firmemente la doctrina de la pureza de la iglesia, entendiendo que la comunidad del Nuevo Pacto no es una nación mixta, sino que está compuesta por aquellos que profesan una fe creíble, así que, si se tolera el pecado, es prácticamente cómo llamar la disciplina de Dios.

Williams Perkins expresaba esta realidad de esta manera:

así como no se pondría el sello del rey a un documento falso y traicionero, tampoco podemos poner el sello del cuerpo de Cristo a una vida de rebelión impenitente.

Las llaves del Reino y la disciplina eclesiástica.

Para proteger esta santidad, nuestro Señor Jesucristo ha delegado a Su iglesia la autoridad de las “llaves del Reino”, las cuales se operan mediante la predicación del evangelio y la disciplina eclesiástica, y sobre esto, debemos aclarar que esta disciplina se aplica especialmente a la membresía de la iglesia local, es decir, a aquellos hermanos bautizados que han hecho un pacto con Dios, frente a la iglesia local. ¿Y quienes ejercen esta autoridad? Los pastores son aquellos quienes deben hacer uso de ella para velar por el rebaño, guiados por el Santo Espíritu para poder identificar sabiamente quienes no pueden participar de la mesa.

¿y si un creyente confiesa un pecado grave que ha mantenido oculto? ¿esto ya le habilita para participar de inmediato de la cena? La realidad es que una confesión no siempre equivale a un arrepentimiento genuino que le permita participar de la Cena, pues la Escritura exige que se produzcan “frutos dignos de arrepentimiento”, es decir, que haya un cambio de mente que se refleje en una vida de obediencia al Señor.

Así que en caso de que sea un pecado recurrente, la iglesia debe ejercer una suspensión temporal de la ordenanza, y no como un castigo vengativo, sino un remedio necesario lleno de misericordia. Como recordaba R.C. Sproul,

La exclusión de la mesa sirve como una advertencia para impedir que la oveja descarriada acumule más ira al profanar la Cena. Es un tiempo donde el liderazgo acompaña y observa, esperando el momento gozoso en que las mismas llaves que cerraron la puerta, se usen para abrirla de par en par y recibir al hermano restaurado en el banquete de la gracia.

La responsabilidad de la congregación.

Sin embargo, esta vigilancia no reposa solo en los pastores, pues cómo no son omnipresentes, el cuidado de la iglesia en este sentido depende también del celo de cada miembro del cuerpo de Cristo, por lo tanto, la iglesia entera debe estar vigilante, y cuidándose de no tener un espíritu farisaico que busca el error ajeno, sino con un amor genuino que se preocupa por la salud espiritual del hermano; así que si alguien sabe que un miembro vive en pecado y guarda silencio por evitarse un conflicto, está fallando en su amor hacia él y siendo cómplice de la afectar la unidad de la Iglesia.

Es muy común escuchar la excusa de que es mejor no reconvenir a un hermano cuando el pecado no nos afecta directamente, sin embargo, el punto es precisamente que cualquier pecado es una ofensa contra todo el cuerpo, pues un poco de levadura leuda toda la masa, y aunque no nos guste mucho, el amor bíblico demanda confrontación y restauración con espíritu de mansedumbre, tal como nos ordena Gálatas 6:1.

Hermanos, si alguno fuere sorprendido en alguna falta, vosotros que sois espirituales, restauradle con espíritu de mansedumbre, considerándote a ti mismo, no sea que tú también seas tentado.

Galatas 6:1

Asi que informar a los pastores sobre un pecado no arrepentido de un miembro no es chisme, es protección espiritual y obediencia al mandato divino de cuidarnos los unos a los otros.

Conclusión: El fin es la restauración.

Durante todo este proceso, debe tenerse siempre presente que toda restricción de la Cena y todo ejercicio de disciplina eclesiástica tiene un solo objetivo final: la redención y la salvación del alma del hermano, así que no disciplinamos para destruir, sino para restaurar, por lo tanto, cerramos la Mesa por un tiempo para despertar la conciencia adormecida del pecador, con la esperanza de que, al sentir el peso de estar separado de la comunión, corra de vuelta a la cruz.

Ruego que esta enseñanza nos lleve a examinar detenidamente nuestros corazones, también a orar por nuestros pastores y principalmente a comprometernos a amarnos de tal manera que no permitamos que el pecado nos destruya desde adentro, preservando así la gloria de Cristo en Su iglesia.

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