Last Updated on febrero 17, 2026 by Anthony Molina
Imagina por un momento que un abogado llega a tu puerta con una noticia asombrosa: un pariente lejano, rico y poderoso, te ha dejado una herencia incalculable. Normalmente, esto te llenaría de alegría, pero en un mundo donde abundan los engaños y las estafas, la duda no tardaría en asomar: ¿Cómo sé que esto es verdad? ¿Dónde está el testamento? ¿Dónde está la firma? Buscarías sellos, membretes y certificaciones notariales para estar seguro de que no es una simple ilusión.
En la vida cristiana, nos enfrentamos a una necesidad similar. Se nos hacen promesas que parecen demasiado grandes para nosotros: que el cuerpo de Cristo es verdadera comida y Su sangre verdadera bebida, y que al participar de este pan y esta copa, somos nutridos por Su propia obra y vida divina. Ante tales promesas, nuestra alma, a menudo acosada por la culpa o la duda, clama por una certificación.
Por eso, para hallar descanso, debemos hacernos una pregunta que tiene un peso eterno: ¿DÓNDE?
Necesitamos saber con precisión dónde ha prometido el Señor que Él se nos dará como alimento espiritual. ¿Dónde está el documento que certifica que Su obra es nuestra, de forma tan real y tangible como el pan y la copa que tomamos con nuestras manos?
Hoy quiero que veamos que este “Dónde” nos dirige directamente a la Escritura como la única fuente que nos certifica este sacramento. Así que no venimos a la mesa por una invención humana, sino por un mandato divino.
La autoridad constitucional de la Escritura.
Como bautistas reformados, sostenemos lo que llamamos el Principio Regulador de la Adoración, y esto es, que Dios mismo establece la manera aceptable de adorarle, de modo que no puede ser adorado según las imaginaciones de los hombres. Es por esto que, en lo que respecta al culto de adoración, lo que Él no ha mandado, está prohibido. William Perkins argumentaba que
La Escritura es el “depósito precioso” de la voluntad de Dios;
Por tanto, si algo no está en el fundamento de la Biblia, es una invención humana, y la invención humana en el culto no es adoración, sino idolatría.
Alguno pudiera preguntarse: ¿Qué me certifica que la Cena no es un simple invento de los hombres para calmar sus conciencias? La respuesta: “el dónde”; la Escritura. Porque en este sentido, al visitar los pasajes donde se instituye la cena del Señor, es como estar frente a un documento legal que dice: Jesús “tomó el pan, dio gracias, lo partió y dijo: Tomad, comed; esto es mi cuerpo”.
Aquí es donde debemos comprender lo que significa la expresión ”Jurisdicción Legal” de la Cena. La jurisdicción es el ámbito donde una autoridad tiene derecho a mandar. Así que al buscar el fundamento bíblico, estamos reconociendo los límites legales de la práctica de la Iglesia.
Teólogos como Nehemiah Coxe y Jeffrey Johnson, por ejemplo, enseñan que la Cena no es una “ley natural” que el hombre deduce por lógica, sino una “ley positiva”. Esto significa que es ley únicamente porque Dios la ordenó de manera explícita. Dicho de otra manera, si la Cena no estuviera en la Biblia, no tendríamos jurisdicción para celebrarla.

Para ilustrar esta autoridad, teólogos como Jeffrey Johnson y Sam Waldron hacen una analogía con la constitución que rige una nación. Así como la constitución define quiénes son sus ciudadanos y qué leyes deben obedecer, Cristo es el Rey que emite la “Constitución” que rige Su Iglesia. En este sentido, la Cena tiene una autoridad constitucional inamovible porque está registrada en ese “texto constitucional”
El Legislador y la participación real.
Este fundamento bíblico nos conduce inevitablemente hacia el “Quién”, es decir, hacia el Legislador que sostiene las promesas que encontramos en la Biblia: el Señor Jesucristo. En nuestro Federalismo Bautista, entendemos que Cristo es el único Dador de la Ley del Nuevo Pacto, por lo que Su voz es la única que tiene el poder de transformar elementos comunes, como el pan y el vino, en sellos pactuales que unen Su Palabra a la materia de una manera que solo Dios puede realizar.
Para expresar esta certeza, teólogos como Petrus Van Mastricht utilizaban la palabra latina Sponsio, que hace referencia a una fianza o garantía legal solemne. Así que, al instituir la Cena, Cristo esta ejecutando Su Sponsio porque conoce nuestra debilidad y sabe que nuestras mentes suelen volar hacia la duda; por ello, une Su promesa espiritual a elementos físicos para que, al sentir el sabor del fruto de la vid y la textura del pan, estemos igual de seguros de que Su sangre ha lavado nuestros pecados y Su cuerpo ha satisfecho la justicia de Dios por nosotros.

Esta participación real (koinonía) nos permite rechazar tanto el error romano de la transustanciación como el “memorialismo vacío” que dice que solo estamos “pensando” en Jesús, pues como decía William Perkins,
La fe hace presentes las cosas ausentes.
Aunque Cristo está físicamente en el cielo, el Espíritu Santo nos une a Él por medio de la fe, convirtiendo la Cena en un verdadero “Medio de Gracia” que fortalece nuestra unión vital con la Cabeza.
Un solo Pan, un solo Cuerpo: La dimensión comunitaria.
Finalmente, la Escritura nos revela en 1 Corintios 10:17 una verdad fundamental sobre nuestra identidad corporativa. Como bien señala Fred Malone:
La Iglesia no es una multitud de individuos aislados, sino una Asamblea de Discípulos,
Por tanto, el mandato bíblico nos ordena participar juntos, pues al comer del mismo pan, declaramos que todos dependemos de la misma fuente. Es por esto que en la Mesa del Señor solo se sientan aquellos que han nacido de Dios y pueden discernir Su cuerpo, siendo este el banquete exclusivo de quienes han pasado de muerte a vida.
¿Cómo venir a la Mesa hoy?
Después de meditar en estas verdades, nuestra participación en la Cena debe transformarse profundamente, asi que he traído tres consejos de como venir a la mesa a participar de la cena del Señor:
Ven con sumisión al “Escrito está”: Si alguna vez dudas de tu perdón, regresa al fundamento de la Palabra, sabiendo que tu seguridad no descansa en tus méritos, sino en la certificación del Único Legislador.
Ven con hambre espiritual: No te limites a recordar un evento histórico; ven a alimentarte de Cristo hoy. Dile en oración: “Señor, mi cuerpo necesita este pan para no desmayar, pero mi alma necesita Tu justicia para no perecer”.
Consuelo para el pecador: Si esta semana caíste y te sientes indigno, recuerda que Cristo instituyó esto “la noche que fue entregado” para discípulos que iban a huir y negarle. Si hay un arrepentimiento genuino en tu corazón, eres el invitado perfecto para recibir Su gracia.
En esta Mesa, la Escritura nos certifica que Cristo es nuestra sustancia real, nutriéndonos bajo Su autoridad constitucional para nuestra paz y vida eterna.
