El Espejismo de la Justicia Propia: ¿Por qué mis mejores obras no bastan?

Last Updated on enero 10, 2026 by Anthony Molina

¿Alguna vez te has detenido a pensar en qué basas tu seguridad ante Dios? Si hoy mismo tuvieras que presentarte ante el tribunal del Cielo, ¿qué pondrías sobre la mesa? Para muchos de nosotros, la respuesta instintiva es una lista de esfuerzos: “He sido un buen esposo”, “no le robo a nadie”, “sirvo fielmente en mi iglesia”. Sin embargo, hay una verdad en las Escrituras que suele chocar de frente con nuestro orgullo: nuestras mejores obras no pueden ser contadas como justicia delante de Dios. Ni siquiera una pequeña parte de ellas.

El estándar de un Dios Santo

El problema es que solemos medir nuestra “bondad” comparándonos con los demás. Pensamos que, si somos “mejores que el promedio”, Dios estará satisfecho. Pero la realidad es que Dios no juzga por comparación. Para Él no existe el “menos malo”. Su estándar no es el comportamiento de nuestro vecino, sino Su propia perfección absoluta.

Para que una obra sea aceptada como justicia en el juicio divino, debe ser perfecta y conforme a la ley de Dios en todo momento, en todo detalle y con la motivación correcta. Esto nos deja en una situación desesperada. La Biblia es clara al describir nuestra condición natural:

somos “muertos espirituales” (Efesios 2:1), ciegos a la verdad y, por naturaleza, propensos a alejarnos de Dios.

Lo vemos de manera muy vívida aquí en nuestra tierra. Cada 14 de septiembre, miles de personas llegan a Buga Valle buscando la aceptación de Dios a través de caminatas, rezos o el simple acto de tocar una imagen. Pero incluso si pudiéramos guardar gran parte de la ley, como aquel joven rico de Mateo 19 que aseguraba haberlo cumplido todo, nuestra justicia se desmoronaría ante la santidad de Cristo. Como dice Gálatas 3:10, si intentas salvarte por tus méritos, te expones a una carga imposible, porque la ley exige una obediencia total y permanente.

El intercambio glorioso: La obediencia de Cristo

Si nosotros somos incapaces de presentar una justicia perfecta, ¿quién podrá? Aquí es donde el Evangelio brilla con toda su fuerza. Nuestra esperanza no descansa en lo que nosotros hacemos, sino en la obra mediadora de Jesucristo.

Él hizo por nosotros lo que nosotros jamás habríamos logrado:

  1. Vivió por nosotros: Jesús guardó la ley perfectamente en cada segundo de Su vida. Ganó la justicia que Dios nos acredita a nosotros.
  2. Murió por nosotros: Él asumió voluntariamente el castigo que merecían nuestros pecados en la cruz.

Cuando ponemos nuestra confianza en Él, ocurre un intercambio maravilloso: Dios atribuye nuestros pecados a Cristo y nos imputa —pone en nuestra cuenta— la vida perfecta de Su Hijo. Cuando el Padre te mira, amado hermano, no ve tus fallas; ve la perfección de Jesús.

“¿Pero qué hay de mis obras ahora que soy cristiano?”

Aquí es donde nuestro “hermano hipotético” —que siempre nos acompaña en estas reflexiones— levanta la mano y dice:

“Pastor, entiendo que las obras de alguien que no conoce a Dios no cuenten, pero yo soy creyente, tengo al Espíritu Santo… ¿Acaso mis buenas obras ahora no me hacen ‘un poquito’ más justo?”.

La respuesta es un humilde y rotundo ¡no! Aunque el Espíritu Santo produce frutos hermosos en nosotros, incluso nuestras mejores obras en esta vida siguen siendo imperfectas porque todavía batallamos con un remanente de pecado. Muchas veces nuestras acciones, aunque parezcan buenas por fuera, están contaminadas por el egoísmo o el orgullo.

Además, debemos entender el orden del Evangelio: hacemos buenas obras porque ya hemos sido justificados, no para que Dios nos justifique. Pensar que nuestras obras nos ganan el favor de Dios es tan infantil como si uno de nuestros hijos se sintiera orgulloso por darnos un regalo que compró con el dinero que nosotros mismos le regalamos. Todo lo que tenemos (la fe y las obras) es un regalo de Su gracia.

El motor de la vida cristiana: La gratitud

Si nuestras obras no nos salvan ni nos hacen “más aceptables”, ¿para qué esforzarnos? La respuesta no es el miedo al castigo, sino la gratitud.

Voy a darte un ejemplo para que entiendas mi punto: Imagina que eres un apasionado del fútbol y recibes una convocatoria irreversible para jugar el mundial de futbol con la selección nacional. Sabes muy bien que esto no es por tu nivel, sino por la pura gracia del director técnico. ¿Tu reacción sería relajarte y no entrenar? ¡Al contrario! Te verías impulsado a prepararte con más pasión que nunca, no para “ganarte” el puesto que ya te dieron, sino porque estás profundamente agradecido y no quieres fallar a quien te llamó.

Así es la vida cristiana. La obediencia no es el pago que le damos a Dios por la salvación; es el “gracias” que brota de un corazón que ha entendido que lo recibió todo sin merecer nada. Nuestras obras son el fruto de la fe, la evidencia de una vida transformada que ya no busca su propia gloria, sino la gloria de Aquel que nos amó primero.

Para reflexionar: ¿En qué estás descansando hoy: en tu propio esfuerzo o en la justicia de Cristo? Recuerda: Su obra es suficiente.

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