Last Updated on enero 6, 2026 by Anthony Molina
Uno de los mayores desafíos que percibo en nuestro peregrinaje es la fragilidad de nuestra seguridad. A menudo corremos el riesgo de buscar certeza en nuestros sentimientos cambiantes en lugar de buscarla en las ordenanzas objetivas que Dios nos ha dejado. Y el bautismo no es la excepción; este sacramento casi siempre nos ha parecido un simple acto de obediencia, perdiendo de vista la profundidad de consuelo que hay en él, escondido en la gran carga simbólica del ritual.
Me pregunto: ¿Cómo es que un rito externo con agua puede asegurarme que soy partícipe del sacrificio único de Cristo? Por esta razón, considero importante profundizar en la naturaleza de este sacramento, no solo como un mandato a cumplir, sino como un medio de gracia diseñado para fortalecer nuestra debilidad. Mi propósito en este artículo es analizar cómo el bautismo nos exhorta y nos asegura que somos lavados por la sangre de Cristo, fundamentándonos en tres aspectos: su origen, su mandato y su promesa.
El Origen: La Autoridad del Mediador Glorificado
Lo primero que creo que debemos resaltar es el hecho de que fue Cristo mismo fue quien mandó a que sus discípulos fueran bautizados. Lo cual debería ser suficiente para descansar en que realizar este sacramento es beneficioso para nuestra alma, Pues nos garantiza que este sacramento no es una invención humana, sino una institución directa de Dios.
Es por esta razón que es importante tener en cuenta el contexto de la Gran Comisión en Mateo 28. Un hecho curioso es que a veces olvidamos que quien nos da este mandato no es el Jesús en su estado de humillación (por decirlo de alguna manera), sino el Cristo resucitado y glorificado.
Antes de ordenar el bautismo, Jesús declara:
“Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra” (Mt. 28:18).
Desde mi punto de vista, la importancia de que sea Cristo mismo quien haya dado el mandato en este estado de exaltación es fundamental para entender la autoridad y la naturaleza de esta ordenanza en la iglesia. Él está declarando su supremacía mediadora; ya ha triunfado sobre la muerte y el pecado mediante su sacrificio único.
Por lo tanto, el bautismo no es una invención humana ni una “gran sugerencia”, sino una institución directa del Señor soberano de todo el universo. Es Cristo, como Mediador del Nuevo Pacto, quien ratificó esta alianza con su propia sangre y designó el bautismo como su señal y sello, lo cual exalta Su deidad pues solo Dios es quien establece su pacto.
Además, al ordenar el bautismo en el nombre del Dios Trino, Él confirma Su plena deidad y su derecho a ser adorado pues se muestra al mismo nivel del padre y del Espíritu Santo. Sumado al hecho de que este mandato es inseparable de la promesa de Su presencia perpetua, garantizándonos que Él mismo capacita y sostiene a Su iglesia.
Esto debería ser suficiente para que descansemos en que realizar este sacramento es beneficioso para nuestra alma.
El Mandato: Un Tesoro, no una Carga
Es cierto, vivimos en una cultura que nos hace ver cualquier mandato como algo negativo. Sin embargo, si Cristo ordena algo, podemos descansar en que no es para nuestro perjuicio, sino un medio de gracia para nuestro beneficio. Al contrario, noto que este mandato tiene los propósitos de animarnos a la obediencia, refrescar y sensibilizar la conciencia del creyente y enseñarnos sobre la justicia de Dios.
Al someternos a lo que Él mandó, el Espíritu Santo usa esta señal externa para confirmar y aumentar nuestra fe. Es como si Dios, conociendo nuestra incredulidad y duda, nos diera una ayuda tangible. Cristo nunca mandaría algo contrario a la justicia de Dios; más bien, el mandato de bautizar es el sello de que la justicia divina ha sido satisfecha en Su sacrificio y aplicada a nuestra persona.
La Promesa: Realidad Espiritual en un Signo Material
Finalmente, y quizás lo más consolador, es que Cristo no nos dejó solo con la ley del mandato, sino que providencialmente en amor y condescendencia añadió una promesa:
“he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo”.
Esta promesa nos asegura perpetuamente que el Cristo que murió por nosotros es el mismo que está presente de manera espiritual cuando se administra el bautismo como señal de haber nacido de nuevo por haber creído en Jesucristo. Además que nos enseña Su efectividad pues la obra interna es tan real como el rito externo.
Digo esto porque es Dios quien vincula el bautismo con el simbolismo del lavamiento. La promesa nos garantiza que, así como el agua limpia habitualmente la suciedad del cuerpo, la sangre de Cristo ha limpiado nuestra alma de toda impureza de manera real y espiritual
“y de Jesucristo el testigo fiel, el primogénito de los muertos, y el soberano de los reyes de la tierra. Al que nos amó, y nos lavó de nuestros pecados con su sangre” Apoc. 1:5.
Me parece maravilloso que Dios utilice un elemento tan común como el agua y, al unirlo con Su Palabra, lo convierta en un instrumento que nos da certeza de que nuestra purificación y salvación se han logrado en Cristo. Aquí es importante resaltar que no es el agua la que salva, sino que es el rito externo que expresa públicamente algo que ya ha sucedido en nuestras vidas por la fe.
Conclusión: Un Ancla para la Fe que incrementa nuestra seguridad.
Por esta razón, concluyo que el bautismo debe funcionar como un ancla en medio de nuestro peregrinaje. En momentos de tentación, cuando el acusador venga a poner duda sobre tu salvación, no solo deberíamos recordar el evangelio intelectualmente, sino que podríamos mirar nuestro bautismo y meditar:
“Si Cristo me dio esta señal para asegurarme Su perdón, entonces Su promesa de lavarme con Su sangre es inquebrantable”.
Que al recordar tu bautismo, puedas crecer en la seguridad de que posees todas las bendiciones del Pacto, sabiendo que Cristo se ha inclinado hacia ti para decirte que Su sacrificio es tuyo personalmente.
