La Escalera de Jacob en Génesis 28: Descubriendo a Cristo en el Sueño del Patriarca

Ilustración artística del sueño de Jacob en Génesis 28, mostrando una escalera de luz que conecta la tierra con el cielo y ángeles subiendo y bajando, simbolizando a Jesucristo como el único mediador.

Last Updated on diciembre 12, 2025 by Anthony Molina

Uno de los mayores problemas que percibo en el cristianismo contemporáneo es saber cómo abordar de manera correcta los textos del Antiguo Testamento para aplicarlos a nuestra propia vida. A menudo corremos el riesgo de caer en el error de alegorizar, ser legalistas o sacar lecciones moralistas para aplicarlas directamente, sin pasarlas primero por la Cruz de nuestro amado Salvador Jesucristo.

Ilustración artística de Moisés escribiendo el libro de Génesis en un pergamino antiguo dentro de una tienda en el desierto.
Moisés escribió los relatos del Génesis con un propósito divino que trascendía su propia comprensión histórica. Foto: IA Gemini.

El libro de Génesis no es la excepción; este siempre nos ha parecido un libro sumamente complejo. Me pregunto: ¿cómo relacionar la persona de Cristo con algunos pasajes de Génesis, como por ejemplo la historia primigenia? Por esta razón, considero importante tener los principios hermenéuticos claros para poder identificar el propósito original de Moisés, entender qué le llevó a mencionar los relatos que escribió y, así, llevarlos a Cristo. Solo de esta manera podemos ver de qué forma en este texto se cumplen las promesas a las que apuntaban aquellos hechos.

Mi propósito en este artículo es tratar el pasaje de la escalera vista por Jacob en el sueño que tuvo en Bet-el. Me enfocaré en la simbología detrás de dicha escalera, en cómo esta apuntaba a Cristo y en cómo este sueño afectó principalmente la vida de Jacob y, paralelamente, la vida de los receptores originales que estaban vagando en el desierto.

El Contexto de Génesis 28:10–19 y el Propósito de Moisés

“…12 Y soñó: y he aquí una escalera que estaba apoyada en tierra, y su extremo tocaba en el cielo; y he aquí ángeles de Dios que subían y descendían por ella. 13 Y he aquí, Jehová estaba en lo alto de ella, el cual dijo: Yo soy Jehová, el Dios de Abraham tu padre, y el Dios de Isaac; la tierra en que estás acostado te la daré a ti y a tu descendencia. 14 Será tu descendencia como el polvo de la tierra, y te extenderás al occidente, al oriente, al norte y al sur; y todas las familias de la tierra serán benditas en ti y en tu simiente. 15 He aquí, yo estoy contigo, y te guardaré por dondequiera que fueres, y volveré a traerte a esta tierra; porque no te dejaré hasta que haya hecho lo que te he dicho. 16 Y despertó Jacob de su sueño, y dijo: Ciertamente Jehová está en este lugar, y yo no lo sabía. 17 Y tuvo miedo, y dijo: ¡Cuán terrible es este lugar! No es otra cosa que casa de Dios, y puerta del cielo. 18 Y se levantó Jacob de mañana, y tomó la piedra que había puesto de cabecera, y la alzó por señal, y derramó aceite encima de ella. 19 Y llamó el nombre de aquel lugar Bet-el, aunque Luz era el nombre de la ciudad primero.”

Representación bíblica de Jacob durmiendo en Bet-el y soñando con una escalera luminosa que conecta la tierra con el cielo, con ángeles subiendo y bajando.
La visión en Bet-el: el momento en que el cielo y la tierra se conectaron ante los ojos del patriarca. Foto: IA Gemini.

Antes de analizar el pasaje en cuestión, creo que lo primero que debemos tener en cuenta es el contexto que rodeaba al escritor y a los receptores del libro. Esto nos permitirá tener una idea más clara del porqué Moisés escogió mencionar precisamente esta parte de la vida de Jacob para contársela al pueblo de Israel.

Evidentemente, desde nuestra perspectiva actual (que ya cuenta con toda la revelación completa del plan de redención), podríamos decir que este pasaje fue mencionado providencialmente por Moisés debido a su tipología con Cristo (algo que detallaré más adelante). Sin embargo, esto no explica con qué propósito Moisés escribió este pasaje, ya que es muy probable que él mismo no tuviera idea del anticipo del Mesías que estaba relatando. Por tanto, es crucial que intentemos descifrar el propósito original por el cual este pasaje es mencionado.

Es apropiado recordar que el pueblo de Israel ya había salido de la esclavitud en Egipto por la mano poderosa y misericordiosa de Jehová y andaba por el desierto con el propósito de llegar a la tierra prometida de Canaán. Sin embargo, uno de los pecados más grandes del pueblo de Israel en el desierto fue la incredulidad y la duda; de hecho, al revisar los pasajes del Éxodo, noto que este pecado abarca a la mayoría de los otros mencionados en las Escrituras sobre este pueblo en dicho peregrinaje.

Por ejemplo, si este pueblo hubiera creído a Dios con todo su corazón, no habrían depositado su adoración egoísta en una imagen hecha por sus propias manos, como sucedió con el becerro de oro (Éxodo 32); más bien, se habrían deleitado y confiado en las obras milagrosas de Dios al librarles del enemigo. Si hubieran creído a Dios, no habrían hablado de manera desafiante e incrédula a Moisés para que les diera agua cuando llegaron al desierto de Sin (Éxodo 17:2), teniendo el agravante de que ya habían visto milagros poderosos con agua, como cuando se partió el Mar Rojo para que pasaran o cuando Él endulzó las aguas saladas de Mara.

Si este obstinado pueblo hubiera creído a Dios de verdad, nunca habrían mencionado las palabras escritas en Éxodo 17:3,7: “¿Por qué nos hiciste subir de Egipto para matarnos de sed a nosotros, a nuestros hijos y nuestro ganado?… ¿Está el Señor entre nosotros, o no?”.

Estas palabras de Israel muestran el problema que estaba enfrentando Moisés con el pueblo que Dios le había encomendado guiar a la tierra prometida. Ante la primera prueba a la que Dios les sometía, se evidenciaba que era un pueblo físicamente libre, pero con una mente todavía esclavizada a las inclemencias de Egipto. ¿Por qué afirmo esto? Recordemos que Dios mencionó que había pasado a Israel por esta vicisitud porque quería que se revelara lo que en realidad había en los corazones de este pueblo después de haber visto la manifestación poderosa de Jehová, la cual al mismo tiempo mostraba que era el Dios verdadero, el creador de todas las cosas.

“Y te acordarás de todo el camino por donde te ha traído Jehová tu Dios estos cuarenta años en el desierto, para afligirte, para probarte, para saber lo que había en tu corazón, si habías de guardar o no sus mandamientos”. (Deuteronomio 8:2)

Este pueblo de Israel era un pueblo duro, difícil de llevar; un pueblo que, a pesar de lo que vio, nunca siguió de todo corazón a Jehová. Era un pueblo falto de fe y de confianza, que siempre desafió la paciencia de Dios. Bien dijo Moisés que este pueblo siempre fue rebelde a los mandatos e incrédulo a las promesas de Dios: “También fuisteis rebeldes al mandato de Jehová vuestro Dios, y no le creísteis, ni obedecisteis a su voz. Rebeldes habéis sido a Jehová desde el día que yo os conozco.” (Deuteronomio 9:23-24). “Bien pronto olvidaron sus obras; no esperaron su consejo… aborrecieron la tierra deseable, no creyeron a su palabra” (Salmo 106:13, 24).

¿Y por qué menciono esto del pueblo de Israel? Por la sencilla razón de que, al tener en cuenta este contexto, no se me hace difícil encontrar el propósito por el cual Moisés escribió este aspecto de la vida de Jacob para comunicárselo al pueblo.

Entonces, ¿para qué sirvió específicamente este contexto de Israel mientras Moisés escribió el texto que estamos estudiando? Desde mi punto de vista, al ver la vida de Jacob y todo lo que rodea este pasaje de Génesis 28: 10–19, se hace muy difícil ignorar ciertas similitudes entre esta experiencia de Jacob y la lucha que tenía el pueblo de Israel con la duda y la incredulidad frente a las promesas de Dios durante su experiencia en el desierto por esos 40 años.

En primer lugar (analizando ya un poco el contexto del pasaje de mi interés), no podemos olvidar que Jacob estaba yendo hacia casa de su tío Labán, huyendo de una muerte anunciada por parte de su hermano Esaú. Esto se debía a la suplantación al hacerse pasar por su hermano y tomar para sí las bendiciones que iban a dársele a Esaú. A pesar de todo este engaño, Isaac entendió que Dios tenía el control de toda la situación y providencialmente corrigió el gran error que tuvo (obviamente, viéndolo desde nuestra perspectiva actual) de querer dar la bendición de la primogenitura a Esaú, cuando Dios ya había dicho desde antes del nacimiento de estos dos hermanos que el mayor (Esaú) le serviría al menor (Jacob) en Génesis 25:23.

Después de estos acontecimientos, y casi poniéndome de manera existencial en el lugar de Jacob, entiendo que él tuviera dudas de las bendiciones dadas por Isaac, ya que estas llegaron no por medio de una paciente y confiada espera en la promesa dada (Génesis 25:23), sino por medio de un apresurado y premeditado engaño. Sin embargo, estas dudas debieron haberse disipado cuando Isaac (voluntariamente) le ratificó las bendiciones anteriores antes de que este partiera hacia Padan-aram (Génesis 28:1). Por esta razón no estoy de acuerdo con algunos comentaristas bíblicos que dicen que Isaac le ratificó a Jacob la bendición en este pasaje porque supuestamente se sentía culpable [1].

Por lo anterior, es natural imaginarse a Jacob huyendo atemorizado hacia un destino impredecible, hacia una tierra extranjera, con el atenuante de que iba solo, viajando por una zona difícil y haciendo un trayecto de alrededor de 1.000 km desde Beerseba hasta Harán [2].

Mapa antiguo estilo pergamino que muestra la ruta del viaje de Jacob desde Beerseba hasta Harán en el Cercano Oriente.
La solitaria ruta de Jacob: un trayecto de casi 1.000 km hacia lo desconocido, similar al peregrinaje de Israel por el desierto. Foto: IA Gemini.

¿Acaso esto no tiene algo de similitud con la situación del Pueblo de Israel en los tiempos de Moisés? ¿Será que Israel no podría verse en algo reflejado con esta vivencia de su patriarca y aprender algo? A mí me parece que sí, ya que Israel también había salido huyendo de Egipto, de la mano poderosa de Dios, pero huyendo al fin y al cabo porque el ejército de Egipto en los últimos momentos salió a perseguirlos e impedirles la salida. Además, este pueblo iba a un lugar incierto, desértico, solo de la mano de la promesa dada por Dios a Moisés de que estaría con él y debía sacarlos de Egipto (Éxodo 3:12). Pero a diferencia de Jacob, este pueblo había presenciado portentosos milagros del Señor (lo que a su vez se convertía en un agravante que acentuaba el pecado de incredulidad de este pueblo).

Siguiendo con el análisis del pasaje, vemos que Jacob llegó a cierto lugar y durmió allí porque le había alcanzado la noche, y tuvo un sueño. En este sueño, que es el punto principal de nuestro estudio, Jacob ve una escalera que tiene un extremo reposando en tierra, mientras que el otro está tocando el cielo, y ángeles suben y bajan desde el cielo a través de dicha escalera. Después de ver esto, escucha la voz de Dios mismo reiterándole las promesas dadas por su padre relacionadas con la tierra, los descendientes y las bendiciones a las naciones, hechas primeramente a Abraham y reiteradas a Isaac. Pero en esta ocasión, la promesa viene con un elemento nuevo en el cual le dice: “He aquí yo estoy contigo… te haré volver a esta tierra” [3], añadiendo la firme seguridad: «porque no te dejaré hasta que haya hecho (llevado a cabo) lo que te he dicho» [4].

Lo interesante de este pasaje es la reacción que tiene Jacob al despertarse del sueño. Inmediatamente, en una actitud de temor reverente, reconoce que las bendiciones dadas por Dios ahora son seguras y no hay razones para dudar o tener miedo de lo que pudiera pasar. Dios se le había manifestado de manera especial por medio de un sueño que significaba que Él se relacionaba con Jacob constantemente por medio de una escalera que permitía que los ángeles llevaran sus peticiones a Dios y Él le enviara por medio de estos sus mandamientos (por decirlo de alguna manera) [5]. De esto, ya en la vida de Abraham se ha visto cómo Dios le comunicaba cosas por medio de ángeles o, inclusive, se le manifestaría el mismísimo Ángel de Jehová en Peniel (Génesis 32: 22-30).

Aunque algunos han visto la actitud de Jacob en el versículo 20 (según creo, de manera errada) como una actitud de arrogancia y “regateo” con Dios [6], considero que esta actitud muestra todo lo contrario. Manifiesta la fe de Jacob al confiar en que Dios estará con él y le guardará, aferrándose a las promesas del Dios del Pacto, junto con una actitud humilde de no excederse en las peticiones de sus necesidades [7].

De este pasaje en particular, considero que los receptores originales del libro de Génesis debieron haber chocado con una lección a aprender de esta historia, ya que un pecador como Jacob (que no estuvo expuesto ante los milagros mostrados por Dios como lo estuvo el pueblo de Israel al salir de Egipto) pudo responder en fe ante la manifestación de Dios en sueños. Israel no tenía excusa, y su responsabilidad se hacía más grande porque, a pesar de la situación difícil que afrontaban en medio del desierto, tenían las promesas dadas por Dios que debían ser más que suficientes para darles la confianza y obedecer a sus mandatos. ¿Qué más motivación para obedecer y confiar en Dios que ver las obras maravillosas que acompañaron su liberación de Egipto? ¿Qué más prueba del favor de Dios que una nube protegiéndoles del inclemente sol y una columna de fuego que les daba calor en las frías noches desérticas? Definitivamente, vemos que ningún milagro portentoso servirá para generar fe en alguna persona a menos que Dios mismo obre primero.

Este sueño que tuvo Jacob es un antitipo de Cristo, ya que Él mismo hace referencia a su persona como aquella “escalera” que permite la comunicación y relación entre Dios y el hombre:

“Y le dijo: De cierto, de cierto os digo: De aquí adelante veréis el cielo abierto, y a los ángeles de Dios que suben y descienden sobre el Hijo del Hombre.” (Juan 1: 51).

Ilustración conceptual de la Cruz de Cristo actuando como un puente de madera sobre un abismo oscuro, conectando la tierra con la luz del cielo.
Jesús es la verdadera escalera: a través de su Cruz, el abismo entre el hombre y Dios ha sido finalmente salvado. Foto: IA Gemini.

En Cristo reposa la capacidad de reconciliarnos con Dios; Él es el único camino o escalera que nos lleva al Padre (Juan 14:6). Es en quien se cumplen las promesas dadas a Abraham, Isaac y Jacob; es aquella simiente de Abraham (Gálatas 3:16), aquel reposo prometido a los patriarcas (Colosenses 2: 16-17) y en quien serían benditas todas las naciones de la tierra. En este pasaje del evangelio de Juan, nuestro Señor Jesucristo hace referencia a que, a partir de su bautismo, los cielos se abrirán y Él sería aquella escalera en quien se manifestaría de manera plena la relación entre Dios y sus ovejas. Mientras en aquella visión Jacob se atemorizó porque aquel lugar era la casa de Dios, ahora el tabernáculo de Dios mismo está en frente de Natanael (Juan 1:14): Dios mismo había bajado para abrir el camino que estaba bloqueado por el pecado de la humanidad.

Interpretación Cristocéntrica y Aplicación Práctica: Jesús es la Verdadera Escalera

Al estar ahora nosotros unidos a Cristo (2 Corintios 5:17-19), somos beneficiarios de esa “escalera” o medio de relación con el Padre, y de manera directa, sin intermediarios de ángeles, sino únicamente por la obra maravillosa de Cristo. Ahora no solamente podemos entrar libremente a la presencia de Dios, sino que también somos coherederos con Cristo de las promesas dadas a Israel, porque ahora nosotros, la iglesia, somos el pueblo de Dios. ¡Bendito sea el Señor que nos proporcionó aquella escalera que nos relaciona con Él en intimidad! Ahora en Cristo somos benditos sin importar que fuéramos gentiles. Me parece maravilloso que ahora ni siquiera necesitemos ángeles que nos permitan saber la voluntad del Padre, sino que podemos incluso ir a la presencia misma de Dios debido a que Cristo cumplió y vivió lo que yo no podía nunca vivir.

El pueblo de Israel, durante el peregrinaje en el desierto, debía confiar en las promesas dadas por Dios de una tierra nueva y de reposo donde fluiría leche y miel, ya que, a pesar de que no contaban con la revelación completa de las Escrituras, sí contaban con la manifestación constante y palpable del favor y presencia de Dios. Es cierto, ellos, a diferencia de Jacob, tenían una mayor responsabilidad porque estaban recibiendo una manifestación visible de Dios y por esto debían obedecer y creer que Dios cumpliría su palabra en el desierto. Pero esto, por el contrario, nos debe generar a nosotros una responsabilidad mucho mayor y de mayor peso. ¿Por qué? Porque ahora nosotros conocemos el mayor milagro de toda la historia de la humanidad: Dios mismo se encarnó, murió por nuestros pecados y nos ha capacitado para obedecer su voluntad perfecta.

Ahora nosotros sí que de verdad no tenemos excusa para no obedecer a Dios. Esto debería afectar profundamente nuestro diario vivir. A veces podemos pensar que es inaudito que un pueblo como el de Israel haya desobedecido a Dios sabiendo que vio con sus propios ojos cómo se abrió el Mar Rojo, cómo Dios los protegía durante todo el día con una nube del calor del desierto y los protegió toda la noche del frío con una columna de fuego. A veces esto nos puede parecer incomprensible; sin embargo, alguien podría decir de inmediato que ellos no tenían el Santo Espíritu de Dios para discernir esas obras maravillosas. Por lo tanto, de inmediato recaería en nosotros ese peso de seguir pecando y desobedeciendo a Dios durante este peregrinaje, sabiendo que ahora estamos unidos a Cristo, tenemos el Santo Espíritu de Dios y somos poseedores de la revelación completa del plan de Salvación.

No obstante, a diferencia de Israel, nosotros ahora vemos todas las promesas dadas en las Escrituras cumplidas en Cristo. Al estar unidos a Él, podemos descansar en que sus justicias nos son imputadas a nosotros y, por medio del Espíritu de Dios, podemos descansar en que Dios nos llevará de la mano por este peregrinaje a la consumación de las promesas de un reino y un reposo eterno. Esto nos debe llevar a recordar que estas promesas no están cumplidas de manera completa, a elevar la mirada nuevamente hacia lo eterno, porque aún falta la consumación del reino de Dios, donde de verdad entraremos en un reposo eterno, tendremos una relación más plena con Dios y estaremos en un lugar que no está pervertido por el pecado.

Conclusión: Confianza y Fe para la Iglesia de Hoy

Concluyo que este pasaje de Génesis 28: 10-19 solo puede ser entendido cuando logramos tener en cuenta el propósito original que tenía Moisés cuando plasmó esta experiencia de vida del patriarca Jacob y, al mismo tiempo, tener en cuenta el contexto que rodeaba al pueblo que sería el receptor original del mensaje. Para el pueblo de Israel, este pasaje debería ser un aliciente en medio del temor, la incredulidad e incertidumbre de vagar por años durante un terreno hostil a ellos, pero sabiendo que aun así estaban de la mano providencial de Dios.

Este pasaje debía alentarles a ver que Dios se relacionaría con ellos como venía haciéndolo, sin importar el lugar donde estuvieran; que Dios siempre estaría en constante comunicación con ellos, que cumpliría sus promesas como siempre lo había hecho con sus patriarcas a pesar de sus engaños, errores y pecados, porque Dios era fiel a Su promesa por encima de los mismos hombres. Entiendo que Moisés quería que Israel comprendiera que su incredulidad los llevaría al fracaso y perdición, como al final terminó cumpliéndose con toda esa generación que salió de Egipto.

Quería que entendieran que, así como Dios fue fiel a la promesa hecha desde el principio a pesar de los engaños de Jacob, Dios los estaba llamando a confiar en Él, así como un engañador como Jacob terminó descansando en las promesas dadas por el Dios de sus padres. Que entendieran que esa tierra a la que se dirigían ya estaba prometida por Dios, que debían obedecer, descansar y caminar en pos de una promesa que era segura y que nadie se las iba a quitar; que debían dejar las murmuraciones y la dureza porque iban a terminar como al final terminaron: muriendo en el desierto sin ver la tierra prometida.

La escalera del sueño de Jacob, clara y directamente, es explicada en la Escritura (y por el mismo Señor) como aquel camino que conecta en una relación íntima a nuestro Dios con seres pecadores como nosotros: el Señor Jesucristo. Cristo no solamente es aquel camino que nos lleva al Padre, sino también el cumplimiento de todas las promesas dadas a Jacob, por las cuales él estaba temeroso de que no se cumplieran en su vida. Pero no solamente se cumplieron en la vida de Abraham, Isaac y Jacob, sino que, después de muchos años, el plan maravilloso de Dios salió a relucir en todo su esplendor para mostrar que este iba más allá de formar una nación que le glorificara: era un reino que se conformaría continuamente, que trascendería a las nacionalidades, las razas, las costumbres, las edades y la historia, hasta que llegue el día donde se manifieste el cumplimiento pleno de la obra de Dios.

En nuestras vidas, este pasaje debe ser una gota de agua en medio del desierto y un aliciente para descansar en las promesas dadas a nosotros al estar unidos a Cristo. Saber que Dios en realidad nos acompañará en medio de este peregrinaje, que ahora en Cristo tenemos una relación directa y sin intermediarios para acercarnos al Padre. Además de esto, me parece siempre pertinente recordar que, al estar unidos a nuestro Señor (y viendo cómo Cristo en su humanidad logró triunfar donde Israel no triunfó), ahora nosotros, la iglesia —el verdadero Israel, el verdadero pueblo de Dios— estamos capacitados por el mismo Espíritu Santo (ya que Él habita en nosotros) para luchar contra la incredulidad que podemos manifestar al enfrentar las pruebas, generando paciencia.

Paisaje inspirador de un camino en el desierto iluminado por un amanecer dorado en el horizonte.
Nuestra esperanza es segura: Dios nos acompaña en el desierto hasta el cumplimiento final de sus promesas eternas. Foto: IA Gemini.

 


Notas y Referencias:

[1] Jack B. Scott, El plan de Dios en el Antiguo Testamento (Miami: Unilit, 2002), p. 72.

[2] John H. Walton/Victor H. Matthews, Comentario del Contexto Cultural de la Biblia (Texas: Mundo Hispano, 2004), p. 53.

[3] G.J. Wenham, D.A. Carson, J.A. Motyer, R.T. France, Nuevo Comentario Bíblico Siglo Veintiuno: Antiguo Testamento(Texas: Mundo Hispano, 2003), p. 184.

[4] Keil & Delitzsch, Comentario del Contexto Cultural de la Biblia (Barcelona: Clie, 2008), p. 190.

[5] John H. Walton/Victor H. Matthews, Comentario del Contexto Cultural de la Biblia (Texas: Mundo Hispano, 2004), p. 54.

[6] Ibid.

[7] Matthew Henry, Comentario de la Biblia Matthew Henry (Miami: Unilit, 1999), p. 45.

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